Por Flavia Liberona/Directora ejecutiva Fundación Terram
CHILE ES UN país con una biodiversidad de
enorme valor debido en especial al alto nivel de endemismo existente,
es decir, el gran número de especies que habita sólo en nuestro
territorio. Esta característica es foco de atención de científicos y
especialistas, que señalan a algunas zonas del país como prioritarias
para la conservación mundial. La protección y conservación de la
biodiversidad nativa ha dejado de ser un asunto de expertos y se
convierte cada vez más en un tema relevante de política pública, porque
los seres humanos tenemos cada vez más conciencia de nuestro vínculo y
dependencia del mantenimiento y calidad de los ecosistemas y las
especies, y de cómo el daño a la biodiversidad tiene repercusiones en
los fenómenos de cambio climático y calentamiento global.
Pero en lugar de proteger este valioso tesoro natural, las
autoridades del país muestran cada día una total despreocupación por
este tema, y pierden valiosas oportunidades para emprender acciones
concretas que permitan preservar nuestra biodiversidad, incluyendo
ecosistemas únicos. Por una parte, el país no cuenta con una
institucionalidad única que sea responsable de la protección y cuidado
de las áreas silvestres, terrestres y acuáticas, que esté a la altura
de los desafíos del siglo XXI. El proyecto de Reforma a la
Institucionalidad Ambiental, hace poco aprobado en la Cámara de
Diputados, que inicia su discusión en el Senado, contempla crear un
ministerio, un servicio de evaluación y una superintendencia de medio
ambiente.
Pero el Ejecutivo decidió excluir la creación de un servicio de
protección y conservación de la biodiversidad y las áreas silvestres
protegidas, pese a que esto se contaba entre los compromisos
electorales de la Presidenta Bachelet. No sólo no se cumple una
importante promesa electoral, sino que se dejan de lado las
recomendaciones de la OCDE en materia ambiental y el Ejecutivo pierde
una oportunidad para mejorar la protección del patrimonio natural del
país, pese a que se trata de una tarea urgente, pues la carencia de una
institucionalidad responsable permite de manera creciente que se dañen
zonas valiosas.
Otro de los grandes desaciertos de las autoridades nacionales se
encuentra en la propuesta de modificaciones de la Ley General de Pesca
y Acuicultura, que pretende dar una salida a la aguda crisis por la que
atraviesa la salmonicultura desde hace dos años y que se discute ahora
en el Congreso. En las modificaciones propuestas por el Gobierno y
acogidas por los parlamentarios se estaría legitimando el grave daño
ambiental que han generado las empresas salmoneras en los canales y
fiordos del sur, premiando conductas social y ambientalmente nocivas
sin compensación ni para las comunidades locales ni en términos de
reparación del daño a los ecosistemas marinos. Se establecen
disposiciones que favorecen a la industria, pero que no contemplan
ningún vínculo con la Ley 19.300, de Bases del Medio Ambiente; es
decir, se legitima a la industria y no se considera el medio ambiente.
Esta reforma refleja una absoluta falta de visión de la autoridad en
relación con la importancia biológica y ecológica de la zona de
Chiloé-Corcovado, donde se concentra buena parte de la salmonicultura,
no sólo a nivel local, sino que a una escala global, dada la
importancia que tienen estos ecosistemas marinos que albergan especies
tan valiosas para la humanidad como son los corales de aguas frías o
las ballenas.
Éstas son sólo dos de las últimas actuaciones de la autoridad que
reflejan absoluta ignorancia y despreocupación por temas tan relevantes
como el cuidado y protección de la biodiversidad, cuestión que va en
sentido contrario de lo que ocurre mayoritariamente en el resto del
mundo. Tanto el Gobierno como los parlamentarios debieran detenerse a
reflexionar profundamente sobre las consecuencias de sus decisiones.
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Fuente: http://www.lanacion.cl/prontus_noticias_v2/site/artic/20090524/pags/20090524185727.html