Juan
Bustos
Durante su
vida demostró que los deberes del académico no son inconsistentes con el
compromiso político; que se puede tener firmes convicciones ideológicas y, así y
todo, ejercitar la capacidad de reflexión. No es poco para un país donde la
cobardía suele disfrazarse de prudencia, y donde se cree que la imparcialidad
intelectual obliga a ser neutral.
Carlos Peña
Juan Bustos -como
muchos de su generación- se las vio de cerca con la muerte varias veces. Padeció
la Operación Cóndor (esa fantasía de represión continental que abrigó alguna vez
Manuel Contreras), estuvo exiliado (una experiencia que los antiguos
consideraban apenas inferior a la de morir), y ejerció de abogado de derechos
humanos (representó a deudos de muertos sin sepultura). Fue un jurista de nota
(tradujo a Welzel, escribió tratados de derecho chileno y
español, redactó monografías, formó discípulos, nunca abandonó a sus alumnos) y
ejerció de político activo.
Juan Bustos hizo
bien todas esas cosas, y al hacerlas estuvo siempre acompañado de una sonrisa
modesta y veraz.
Si hay algún jurista
chileno de genuina repercusión internacional -citado como autoridad, invocado en
la literatura internacional, revisado una y otra vez a la hora de fallar,
presente aquí y allá en notas a pie de página, amueblando la memoria de los
estudiantes de derecho- ese es Juan Bustos. En Chile sobran los leguleyos,
abundan los abogados, juristas hay pocos; juristas de excepción, apenas dos o
tres.
Uno de ellos fue
Juan Bustos.
Sin él, la doctrina
acerca de la amnistía y los derechos humanos -huérfana de reflexión- se habría
deslizado con premura hacia las soluciones fáciles. Pero él -que sabía eso de
Weber, según lo cual "en este mundo no se consigue nunca lo posible, si no se es
capaz una y otra vez de perseguir lo imposible"- lo impidió usando las armas de
la inteligencia y de la persuasión. Si Chile se ha mantenido alerta en esta
materia -y se ha resistido a renunciar a la justicia, aunque esa renuncia venga
disfrazada de ética de la responsabilidad- es gracias a personas como Juan
Bustos.
Y es que él fue un
jurista que supo que los rigores de la ciencia y de la reflexión no reñían con
el compromiso ciudadano.
Durante su vida
probó que los deberes del académico no son inconsistentes con el compromiso
político, que es posible acuñar ideas y defender intereses, escribir
reflexivamente y tener pasiones ideológicas, asumir convicciones firmes y ser
capaz de dudar, reflexionar con rigor sin que eso sea un pretexto para abandonar
la acción política; saber que las cosas son difíciles, pero sin que ello
disminuya el empeño de conseguirlas; estar advertido que la realidad es indócil,
pero mantener la determinación de triunfar.
En suma, Juan Bustos
demostró que es posible ser -sin contradicción y de una sola vez- un intelectual
imparcial y un ciudadano comprometido, un académico riguroso y un político
activo.
En un país donde
sobran los que creen que la imparcialidad intelectual obliga a ser neutral, la
prudencia a suspender el juicio, el equilibrio a no decir nada, la cultura a
pronunciar vaguedades, la reflexión a un si es no es permanente, la bondad a ser
perdonavidas, la independencia a la indiferencia cívica, la amistad a cuidar las
redes como hueso santo, y el prestigio a no quebrar ni un huevo, alguien como
Juan Bustos es un ejemplo y es un regalo.
Con su muerte -están
disparando cerca, dirán muchos- principia a abandonar la escena toda una
generación. Esa que se dejó inflamar por los excesos ideológicos, que olvidó que
las palabras a veces son armas cargadas, que sufrió los rigores de la derrota,
que luego se curó de espanto y que, a regañadientes y todo, ha impulsado la
modernización de nuestro país.
Juan Bustos
perteneció, de alguna forma, a esa generación de izquierda a la que los éxitos
de estas dos décadas le saben a poco y a veces incomodan, pero a cuya
consecución contribuyó de manera decisiva. Esa izquierda que ha sabido combinar
el compromiso emocional que debemos al pasado, con los desafíos racionales del
presente.
Esa izquierda que
supo -no fue fácil aprenderlo- que en este mundo hay que escoger y que, al
escoger, algo se pierde.