Chile: La movida cultural mapuche

Por Manuel Gross - 14 de Marzo, 2008, 1:53, Categoría: General

Chile: La movida cultural mapuche
por Maria Jurado (Chile)

jueves, 13 de marzo de 2008

Artistas mapuches en Chile. Sus nombres aparecen en la poesía, la plástica, la arquitectura, la danza, el cine, la historia, la música y la narrativa. Con un pie en sus raíces y otro en el nuevo milenio, marcan cada vez más fuerte su presencia en las artes y ya comienzan a despuntar en el extranjero.
 
La identidad es también un tema de vida para el bailarín clásico Agustín Cañulef, una de las actuales estrellas del Teatro Municipal. Apuesto y talentoso, este hijo de panadero emergió de un medio urbano modesto en Quinta Normal para batirse por su sueño de niño.
 
Para Jaime Huenún, "la poesía femenina es lo más valioso y novedoso en la lírica indígena de hoy. Las mujeres entregan un discurso poético arraigado en el sexo, la religiosidad y su propia visión histórica, que hacía falta". Entre ellas está la huilliche Graciela Huinao.
 
Steven Spielberg, a quien ella conoció en Cuba, le dijo: "Las películas son un arma muy poderosa y persuasiva, y el filme digital es un arma en contra de la intolerancia, el odio y el temor. Yo pensaba que nadie vería La lista de Schindler y la devoraron decenas de millones de personas. Así es que ve para la casa, toma una cámara y cuenta la verdad".
 
La videísta y documentalista mapuche Jeanette Paillán –quien estudia cinematografía en Madrid y se prepara para ir a Italia, Francia e Inglaterra– no lo ha olvidado. Egresada de periodismo en la Universidad de Chile hace diez años y con maestrías y entrenamientos fílmicos en España, Bolivia y Cuba, se pasea por el mundo dispuesta a luchar para dar a conocer su obra.
 
Punalka, El Alto Bío Bío, su video más famoso, fue premiado internacionalmente en 1996, y el documental Wallmapu, en 2001, ganó el Fondart. Pero, entre distinciones y éxitos, Paillán aterriza: "Me siento una campesina, mi huerta son mis trabajos y, cada vez que tomo el azadón –mi cámara–, sé que mi espíritu tiene que estar en equilibrio y conectado a la tierra", dice sin olvidar su cuna creativa, el grupo de comunicación Lulul Mawidha.
 
La batalla intelectual mapuche, que se amarra a la sensibilidad particular de su raza –700 mil chilenos de ancestro mapuche según el censo de 2002–, la dan hoy cientos de creadores en Santiago y la Araucanía. Un fenómeno creciente que salió a la luz con la democracia en los 90, imposible de soslayar. Uno que ha existido siempre –dijeron todos nuestros entrevistados–, aunque pocos se dieran cuenta.
 
Elicura Chihuailaf, tal vez la voz lírica indígena más potente que tiene Chile, recuerda que "los primeros signos de nuestra poesía fueron publicados en periódicos como La Voz de Arauco de Temuco, dirigido por mi padre y donde colaboró Víctor Domingo Silva, y El Frente Araucano, hacia la década del 30". Es este género el que lidera el florecimiento cultural.
 
Unos sesenta cultores, de los cuales por lo menos diez son reconocidos internacionalmente, escriben en Santiago, Pitrufquén, Padre Las Casas o Cunco. "La poesía se arraigó naturalmente en las comunidades mapuches porque nuestro pueblo siempre tuvo una cosmovisión altamente poética. La interpretación de la realidad pasa por ese tamiz, tenemos un lirismo innato", dice el poeta y gestor cultural Jaime Huenún.
 
Algunos se iniciaron de la mano de grandes voces como Raúl Zurita y José María Memet. Es el caso de Leonel Lienlaf, quien despuntó en 1989 con su primer libro Se ha despertado el ave de mi corazón, escrito en mapudungún y traducido por él al castellano, como toda su obra. Un aluvión de aplausos nacionales e internacionales lo sacó de su sereno retiro sureño y lo proyectó a la celebridad.
 
Nacido en una humilde comunidad de Alepue, Valdivia, Lienlaf continuó creando en el silencio ancestral de su raza y terminó por constituir un nombre significativo en las letras chilenas. Los críticos lo señalan hoy como uno de los personajes clave para entender el género lírico mapuche. Desde Villarrica comenta:
 
–Somos una cultura oral y de la palabra. Mi trabajo es una permanente búsqueda que me permite construir mundos y sueños. Vengo de dos vertientes: un espacio entre Villarrica y Loncoche, llamado hoy la séptima faja, y de un antiguo linaje de la costa en Alepue. Así, nací en el campo y me nutrí de ambas raíces.
 
La primera educación me la dio mi abuela materna, mi principal influencia. Antes de partir hacia las grandes regiones de la tierra celeste, me legó lo más importante, la palabra. Por ella escribo.
 
No se quedan atrás la pintura, danza, música, historia, cine y arquitectura. Con su creatividad diversa, el pueblo mapuche constituye el 87 por ciento de todos los indígenas chilenos, según cifras de la Corporación Nacional Indígena, Conadi. Armados de su apego a la tierra, su veneración por las tradiciones y su tozudez legendaria, estos intelectuales llevan una vida de dulce cuando crean y de agraz cuando viven.
 
Poetas, historiadores... Jaime Huenún habla con pasión: 
–Los artistas mapuches provenimos de un mundo acorralado y aplastado por el peso de los prejuicios. No ha sido, sin embargo, el resentimiento lo que ha nutrido nuestros poemas, nuestras pinturas, nuestros relatos y testimonios.
 
Hemos depurado el negro silencio de la historia oficial, hemos regresado en sueños y en vigilia a los bosques de origen y hemos levantado nuestros nombres de la mendicidad. Hemos hecho esto para devolverle al país una parte de su identidad y de su piel.
 
La historia nacional, según la cuentan ellos, parece nunca haberles sido amable. La creación de reducciones indígenas en 1883, a consecuencia de la Pacificación de la Araucanía, los reubicó territorialmente y –dicen– trizó irremediablemente su sistema social jerárquico: huilliches y naqches; pehuenches y lafquenches, con raíces y tradiciones distintas, se debieron mezclar.
 
Hoy, claman sus descendientes, más del 70 por ciento vive en Santiago, Temuco, Osorno y sus alrededores en duras condiciones de pobreza. Por eso, y porque no pierden la fe en transformar la realidad con su creación, los artistas solidarizan cuando uno de su raza cae, como sucedió recién con el estudiante Matías Catrileo.
 
El historiador de la Universidad de la Frontera, Pablo Marimán, coautor de ¡Escucha winka! (LOM), publicó en 2006 su mirada de la historia desde la perspectiva mapuche. Marimán cuantifica en las 300 páginas de su trabajo lo que considera la pérdida de territorio mapuche en un 97 por ciento. Su obra, escrita en conjunto con otros dos historiadores y un sociólogo, es una colección de ensayos que echa luz sobre la esencia mapuche.
 
La identidad es también un tema de vida para el bailarín clásico Agustín Cañulef, una de las actuales estrellas del Teatro Municipal, a quien revista "Sábado" reconoció como Líder Joven en 2004. Apuesto y talentoso, este hijo de panadero emergió de un medio urbano modesto en Quinta Normal para batirse por su sueño de niño. Sólo a los 20 años –tiene 28– descubrió su raza:
 
"Somos huilliches de San Juan de la Costa y en la Conadi me informaron que mi apellido significa ave veloz. Conocer mis ancestros me hizo pararme más firme en la existencia. Nunca me sentí discriminado de chico, pero mi generación y las anteriores han sufrido. Los jóvenes mapuches de hoy quieren superar la humillación y que nuestra cultura sea respetada. Somos la identidad de Chile, su huella digital.
 
A mis hijos los criaré con orgullo", dice Cañulef, hoy solista del Municipal. Que su nueva seguridad lo ayudó en su carrera está claro: la directora del Ballet de Santiago, Marcia Haydée, observa que "siempre entró al escenario con actitud de gran estrella. Su fuerza impactaba". Él se reconoce "orgulloso, luchador y sincero, como los de mi raza". Inquieto, no se limita a la danza clásica.
 
Ha incursionado en el flamenco y actualmente integra el grupo contemporáneo ARJE. Para él, la tendencia que impera en el mundo es lo ecléctico: "Se acusa al ballet clásico de rigidez, pero yo creo que no es así. Sólo le falta esa cuota de ligereza y liviandad que tiene la danza contemporánea. Por eso constituyen la fusión perfecta".
 
El pintor Eduardo Rapimán viene de Huilío, sector mapuche de Freire. Su origen territorial ha comandado gran parte de una obra pictórica basada en expresivos y oníricos grandes formatos, señalada como la más maciza entre los artistas visuales de su raza. En Huilío y sus inmediaciones se realiza cada cuatro años un milenario encuentro, el Kamarikún, que convoca a más de cinco mil indígenas y que le ha servido de base inspiradora.
 
"Volúmenes, colores y texturas recrean la naturaleza indoamericana y el mundo precolombino, que son mis referentes. Mi inspiración gira en torno a la concepción de una sociedad mapuche vigente, su crisis de identidad y la forma en que ella se inserta en el mundo".
 
Rapimán, un precursor que partió en los 90, indagó en la historia y las creencias de sus antepasados y se inspiró artísticamente de ellas. "Nuestros ritos y ceremonias, la oralidad, nuestra vigencia cultural y saberme parte de una identidad originaria que pelea por su permanencia afirmaron mi expresión", reconoce.
 
Aunque no le ha sido fácil, él conserva su mirada positiva: –He sufrido carencias, como todos los creadores de provincia. El difícil acceso a circuitos artísticos establecidos y la falta de recursos es nuestra tónica, pero superé esa orfandad del creativo chileno y siento que abrí un espacio sin odiosidades.
 
Gente nueva
Una actitud igual de abierta –pero conservando su apego a las tradiciones culturales– tiene el arquitecto de la Universidad del Bío-Bío Álvaro Hueche, quien saltó a la notoriedad por su iniciativa de diseñar sedes comunitarias mapuches siguiendo los lineamientos arquitectónicos de las rucas, con una óptica espacial que respeta el clima y la historia mapuches.
 
Desde 2003, en que diseñó para la comunidad indígena de Padre Las Casas, hasta 2007, cuando se insertó en el programa Orígenes con apoyo a casi mil comunidades, Hueche ha demostrado que el respeto al pasado no está divorciado de la arquitectura moderna:
 
–Mi apellido significa gente nueva en mapudungún. Mis bisabuelos se asentaron en Padre Las Casas, al borde del río Quepe, a mediados del 1900, conformando un clan numeroso que despejó los campos para poder sembrar, y por eso mi infancia pasó en el campo. Estudié en una escuela rural de Chapad, que quedaba a un kilómetro de mi casa.
 
Para Hueche, la cultura mapuche le recuerda a Chile su necesidad imperiosa de convivir con la diversidad. "Y volver al origen, con una ideología de proteger la tierra".
 
Un valdiviano de origen, Marcos Huaiquilaf, ha sido la revelación de los últimos años en narrativa. Profesor de historia y geografía y actual director regional de Conadi, publicó a fines de 2006 su libro de cuentos El funeral del último cacique (y otros relatos). Cuenta: –Empecé a escribir a los trece años una novela que no terminé y perdí.
 
Retomé la escritura a los 20 con cuentos, pero tampoco resultó. En 2004, cuando tenía 42 años, hice el propósito de tomarme en serio. Tan en serio se tomó, que su éxito de crítica fue registrado en la prensa santiaguina, que lo alabó y lo señaló como un original de la escritura mapuche. Huaiquilaf vuelca su infancia en su producción literaria: "Año por medio íbamos a visitar a mis abuelos maternos a Trihueche, entre Temuco y Nueva Imperial.
 
Allí nos empapábamos de nuestra cultura, mis abuelos hablaban entre ellos sólo mapudungún, en las tardes nos reuníamos cerca de una estufa a leña eternamente encendida y escuchábamos historias de brujos y aparecidos. Todo eso marcó mi literatura".
La huella familiar fue aún más decisiva en el caso del poeta Elicura Chihauilaf, quien proviene de Boroa y las cercanías del lago Colico. "Nací y crecí en una casa azul hecha con madera de los bosques de mi comunidad de Kechurewe, Cunco, de árboles enormes entre los que cabalgamos con mis cuatro hermanos y hermanas. Mi infancia fue plena de ternura y libertad, en estrecha comunicación con la naturaleza.
 
Mi abuelo, Juan Chihuailaf, era el lonko de la comunidad, por lo que vivenciamos todos los grandes rituales, desde la transmisión oral de un werkv/mensaje a un werkén/mensajero, hasta la preparación de un nguillatún. El fogón familiar en la ruca, la importancia de la palabra como arte revelador, el silencio, el sonido del lolkiñ/flauta y la trutruca, instrumentos musicales que hasta hoy interpreto, dejaron su huella en mi poesía".
 
Para Elicura la palabra poética exige "en primer lugar aprender el arte de escuchar". Si la poesía lidera esta eclosión cultural, en ella las mujeres llevan la delantera. Maribel Mora, mujer del poeta y gestor cultural Jaime Huenún, publica desde 1994. Es profesora de castellano y ha ganado premios y becas. María Isabel Lara, de Freire, salió a la luz en 2002.
 
Famelisa Manquepillán, huilliche y artesana en piedra, madera y textiles de la comunidad indígena de Pukiñe en Lanco, escribe desde siempre, pero publica desde el 2000. María Teresa Panchillo en la comunidad de Küyunko, Cautín, y Roxana Miranda Rupailaf –con pasantía en Alemania– también suenan. Para Jaime Huenún, "la poesía femenina es lo más valioso y novedoso en la lírica indígena de hoy.
 
Las mujeres entregan un discurso poético arraigado en el sexo, la religiosidad y su propia visión histórica, que hacía falta". Entre ellas está la huilliche Graciela Huinao, considerada una de las voces claves, quien escribe en mapudungún y traduce su obra al español. Sus libros Walinto y La nieta del brujo sacudieron a la crítica, que la alabó. Ha sido antologada en varios países, como Estados Unidos:
 
–Nacer mapuche no es una opción, lo decidió el vientre de mi madre. Con el tiempo la conciencia va afirmando la identidad. El espíritu de mi raza no se puede fragmentar, cada acontecimiento tiene su lugar sagrado. Para mí, el arraigo a la tierra fue por traspaso sanguíneo: es una marca única que distingue a mi pueblo en su lucha por la recuperación, y en mi caso me afirmó la conciencia al escribir.
 
Con una visión parecida sobre pertenencia y creación, desde la comuna de Padre Las Casas, Temuco, la investigadora e intérprete musical mapuche Elisa Avendaño Curaqueo habla con una mezcla de humildad y orgullo: "He sido directora del grupo de danza y música Kiñe We Newen de la U. Católica de Temuco durante años.
 
Trabajo con niños y adultos en la creación musical; en 2006 asesoré a la Asociación de Indígenas de Tierra del Fuego a través del Fondart; soy profesora de Cultura y Lengua Mapuche y especialista en hierbas medicinales". Elisa cultiva los instrumentos tradicionales y lucha por difundir su creación con presentaciones en vivo y sus tres discos. "Nuestra música es una parte de la expresión de los sentimientos, dolor y alegría mapuches. El sonido del kultrún, la kazkawija, la waza, es una fuerza capaz de sanar el medio en que estamos, de calmar y equilibrar el dolor en el universo". Jeanette Paillán, cineasta. SIEC-Actualidad Étnica, Azkintuwe, Temuko, 26/02/2008

* Enviado a piensaChile por Melina Alfaro, RED INFORMATIVA VIRTIN


Fuente: http://www.piensachile.com/content/view/3858/1/

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