Ingmar Bergman un incierto (y deseado) olvido

Por Manuel Gross - 5 de Agosto, 2007, 14:40, Categoría: General

FALLECIMIENTO. Homenaje al cineasta sueco:
Ingmar Bergman un incierto (y deseado) olvido

Al fallecido director la posteridad lo traía sin cuidado. Tal vez porque sus combates siempre los dio aquí y ahora, a sabiendas que el olvido llegaría tarde o temprano, aunque muchos quieran -con total justicia- asegurarle la inmortalidad.


Christian Ramírez


De tanto en tanto vuelven a aparecer artículos o columnas sobre la muerte del cine como hábito, como instrumento social, como mito. Allá uno si quiere tomárselos en serio (la verdad es que deberíamos, pero no tanto), pero esos pensamientos nostálgicos y fúnebres esconden algo más que el temor a que las películas que vengan ya no sean como las de antes: también son un lamento por la desaparición de cierta gente para la que no habrá recambio.


En ese sentido, la muerte casi simultánea de Bergman y Antonioni confirmaría nuestras peores expectativas al respecto. Vanas esperanzas de volver a ver algo como Persona o La noche en el mediano o siquiera en el largo plazo. Y, a juzgar por como el propio Bergman se tomaba las cosas, tal vez es mejor que sea así: pocos artistas más autoflagelantes al momento de evaluar los resultados obtenidos por sus trabajos, en su opinión siempre magros y a mitad de camino, siempre pálidos reflejos de la intención original. En su mundo, nada de falsas nostalgias.

La isla y el autoexilio

Si alguna duda me quedaba sobre el tema, se disipó hace unas cuantas semanas cuando pude ver una copia de La isla de Bergman, versión estadounidense de un extenso documental que la televisión sueca realizó el 2004 en la isla de Fårö, tradicional lugar de vacaciones y luego de retiro del artista: lo que al principio parece una entrevista se va transformando, sin solución de continuidad, en abierta autobiografía y por último en un testamento: Bergman caminando por la agreste playa en la que alguna vez filmó A través de un vidrio oscuro y Persona. Haciendo memoria de su pasión por los relojes. Celebrando el gran amor de su vida (el teatro, por cierto; no el cine). Hablando sobre la materialidad de los fantasmas, que a veces vienen a "visitarlo" a su enorme casa de 56 metros de largo, casi como un barco varado, ubicada frente al mar. Acelerando en su viejo Land Rover, muerto de la risa y por un camino de gravilla, camino a la sala de proyección que construyó en un granero al otro lado de la isla y, donde alguna vez, organizó el estreno de La flauta mágica. Confesando, vaya sorpresa en él, su minúscula esperanza por la existencia de un trasmundo, de "otro lugar", en el cual volver a encontrarse con su adorada quinta esposa, Ingrid Karlebo. Comentando casi al pasar que, cuando la hora le llegue, lo más probable es que quien lo encuentre por casualidad sea la señora que todos los días viene a cocinar y a limpiar, y que él tiene claro que su fin será así, en soledad. Solo.

Aunque las imágenes recuerdan en todo momento que se trata de la misma alma torturada que concibió El séptimo sello, hay algo de incorpóreo en un Bergman que acota que la vejez no necesariamente trae paz, que los demonios con los que uno lucha aún siguen allí y que, probablemente, eso haya sido lo que le obligó a seguir escribiendo y trabajando sin parar desde el día en que anunció que se retiraba del cine, tras filmar medio centenar de películas y estrenar Fanny y Alexander, en 1982.

Mirando hacia atrás, la fecha parece una eternidad. Entonces, Bergman debe haber andado por los 64 años y no había motivos para creer que estaba hablando en serio. De hecho, los cinéfilos se consolaron por un buen tiempo pensando que trabajos posteriores - (1985), Después del ensayoEn presencia de un payaso (1997), Saraband (2003), entre muchos otros- no eran más que continuaciones de un camino que no se había interrumpido, que seguía siendo el mismo. No se equivocaban, pero el tiempo ha ayudado a que la prematura renuncia de Bergman se entienda como otra cosa: como el final de una era del cine europeo, una que se había abierto justo en el momento en que el realizador comenzó a trabajar, en 1946.

El quinto acto

En el mapa de 2007, Bergman -que en enero pasado figuraba recuperándose de una operación a la cadera- era una suerte de reliquia: un artista formado en el período de entreguerras, alguien que comenzó a escribir guiones para la compañía Svenk Filmindustri (SF) al tiempo que De Sica y Rossellini filmaban sus primeros clásicos neorrealistas y para quien gente como Fellini y Antonioni le resultaban curiosos, por no decir extraños, compañeros de generación. Eso porque -aunque que su idea de la película ideal se encontraba a mitad de camino entre la pureza visual de Las uvas de la ira, de John Ford, y la tensión existencial de Día de ira, de Carl T. Dreyer-, Ingmar Bergman, sin saber muy bien cómo, acabó metido en la explosión del cine europeo de los 50 y que en la década siguiente acabaría por adoptar el nombre de Cine Arte.

Algunos achacan su "descubrimiento" a Henri Langlois, el incansable director de la Cinemateca Francesa, quien programó sin cesar los primeros dramas pasionales del joven realizador hasta que éste se llevó sorpresivamente la palma de oro en Cannes 1956 por la comedia Sonrisas de una noche de verano. Bergman, por su parte, atribuía con algo de desprecio su fama a la desquiciada actividad comercial de Carl Anders, jefe de la SF, quien vendió por todo el mundo los derechos de los filmes de un autor al que no entendía en lo más mínimo. Pero en realidad el culto, el respeto y el posterior estudio de su obra fueron, antes que todo, triunfo y afirmación de la cinefilia, una cinefilia que por entonces se entendía como actividad intelectual pero también como manera de mirar, de combatir y, en último término, de vivir. Eso explica la pasión, la militancia y el fervor con que el público fue recibiendo, atesorando sus siguientes producciones -Fresas salvajes, La fuente de la doncella, La hora del lobo, Gritos y susurros, entre otros- como si fuesen poco menos que experiencias irrepetibles, aunque los amargos relatos que contenían no tuvieran la dinámica de Kurosawa, la universalidad de Hitchcock o la pasión de Truffaut.

Hasta cierto punto, mirar una película Bergman en aquellos días, y más aún ahora, es garantía de combate entre el espectador y la pantalla; un combate -por comprender, por asimilar, por admirar y, tampoco nos engañemos: por resistir, por no cansarse- que, el director alcanzó a comprender, cambiaría de naturaleza tanto a nivel personal como de mercado durante sus años de retiro, los mismos que él bautizó como su "quinto acto" (título que usó para una colección de relatos y ensayos en 2001), en referencia a la instancia de resolución de tanta obra clásica, pero además como tenaz llamado de atención sobre su condición de jubilado, de creador autoexiliado y en camino a un incierto y atareado olvido.

Así, mientras la obsesión del público por sus viejas películas comenzó a aquietarse y apagarse, Bergman optó por escribir y recordar: Las mejores intenciones, Niños del domingo, Confesiones privadas e Infidelidad, fueron todas narraciones que acabaron por convertirse en películas escritas por él y dirigidas por otros (Billie August, Daniel Bergman, Liv Ullmann). Fueron una especie de retorno al principio; pero, extraña ironía, se convirtieron en su último y extraordinario punto de contacto con la modernidad.

Bergman es el cine
TOMÁS HARRIS


Para mí, Bergman es el cine. La iniciación al cine, al esencial, al que te introduce a un mundo, onírico, hipnótico, pero con autoconciencia de sí, un sueño desmontable, una hipnosis que exhibe sus bambalinas. Fui un niño ávido de cine. En el Teatro Nacional de La Serena exhibían rotativos continuados, que mezclaban películas de charros, peplums, films de terror y... Bergman. Milagro que atribuyo a eso que los surrealistas llamaban "Azar objetivo". Así fue como gracias al azar objetivo, que permitió el encuentro de Bretón con Nadja, se produjo mi encuentro con Bergman.

El encuentro se transformó en un amor brujo, a primera vista, en la pantalla, con los claroscuros de "La fuente de la doncella", una fábula cruel; "La hora del lobo", pesadilla agobiadora, y "El séptimo sello", inquietante, más texturada, plagada de interrogaciones metafísicas. Cuando la vi no comprendí nada, pero me brindó una fiesta visual de todas mis obsesiones embrionarias: caballeros feudales, la muerte blanquecina, un mar turbio, brujas, saltimbanquis, bosques umbríos, la peste, y la danza macabra en el cielo borrascoso. Todo envuelto en una textura mágica, en un manto de sueño.

En mi primer año de Universidad, leí un poema de Waldo Rojas que comenzaba: "Antonius Block jugaba al ajedrez con la muerte junto al mar...". Se produjo la identificación instantánea, el regreso a esa tarde epifánica de cine, y la salida al día, los cuadrados en blanco y negro donde se debatían la vida y la muerte, según el poema de Waldo. Jamás imaginé que yo escribiría poesía sobre Bergman. Pero llegó el día en que mi obsesión lo exigiera y pergeñé el libro "Crónicas maravillosas", donde me ceñí al guión, cambiando el juego: el ajedrez por los video games, un tic posmoderno, pero creo que logré lo que buscaba: indagar en la muerte y en Dios, o más próxima a mi angustia, en la ausencia de Dios.

"Sigo admirando su maravillosa vocación de soledad"
ARMANDO ROA VIAL


"Bergman, para mí, es una figura entrañable, casi tutelar. Películas como "Fresas Salvajes", "Los Comulgantes" o el "Séptimo Sello" me han acompañado desde siempre. Siento especial afinidad con su forma perturbadora de encarar la muerte, el silencio y la angustia, siempre bajo el halo de una nostalgia luminosa aunque secreta del amor. Sus bandas sonoras hablan mucho de él: jugaba a ser adusto y solemne como Bach, pero vislumbraba mayor inquietud y provocación en la alegría mozartiana. Enmascarándose para desenmascarar, fue al mismo tiempo Isak Borg, Jof y Antonius Blok. Sigo admirando su integridad artística, la fidelidad a sus convicciones, su maravillosa vocación de soledad, atributos en los que perseveró con la insolencia de un artista de raza. En lo personal, son varias las deudas que tengo con Bergman. Menciono sólo dos: la evocación de ciertos paisajes escandinavos de "El Séptimo Sello" me ayudó cuando traduje la elegía anglosajona "El Navegante" y, también, de esa misma película, tomé prestada una frase para un poema de mis primeros libros. Es una expresión burlona puesta por Bergman en boca de la muerte, cuando ésta se lleva a uno de los cómicos, expresión que ahora, por desgracia, le toca sobrellevarla a su autor: "Esta representación ha sido cancelada".

Jugaba a ser adusto y solemne como Bach, pero vislumbraba mayor inquietud y provocación en la alegría mozartiana.

La mujer que oye
ARTURO FONTAINE


Alma (Bibi Andersson), la enfermera, está en camisa de dormir, sentada en un sillón a los pies de la cama de Elizabeth (Liv Ullmann). Ella es una actriz de teatro que padece una crisis psicológica, que la mantiene escondida en sí misma y sin hablar. Alma intenta mil tretas para sacar a Elizabeth de su enclaustramiento depresivo. Sobre todo, le habla y se va aficionando a hacerlo. "Nadie se había molestado en escucharme como tú", le dice. "A pesar de todo estás aquí y me escuchas". De a poco se irá identificando con Elizabeth al punto de hablar por ella. Ahora, Alma le está haciendo una confidencia de la que ella misma se extraña. Es un episodio aislado y de alguna manera irreductible. Bibi Andersson, con sus risas interrumpidas, sus silencios, sus cambios de expresión, tono y posición, su vergüenza apenas vencida, consigue que lo que cuenta se vea y que sus perturbadores efectos se sientan.

Alma cuenta que, tiempo atrás, estaba en la playa con Katerina, una amiga, tomando sol, desnudas. Aparecieron unos muchachos muy jovencitos. Katerina no quiso cubrirse: "Déjalos mirar". Alma no sabe por qué le siguió la corriente. Uno de ellos, el más audaz, se acercó. Katerina lo tomó de la mano, lo ayudó a sacarse la ropa y se acostó con él ahí mismo. De repente, Alma quiso acostarse con él y se lo dijo: "¿no quieres venir conmigo?". Katerina le dijo al muchacho que sí, que se acostara con Alma y lo hicieron con una intensidad súbita y "la cosa vino en seguida, ¿comprendes?...". Después se largaron a reír los tres. Y luego se incorporó al juego el otro muchacho "y cuando a ella le vino lanzó un grito agudo". Al poco rato, Alma estará comiendo y tomando vino con su novio, con quien se casará pronto. Entonces se acostó con él y "nunca había sido tan perfecto entre nosotros, ni antes ni después...".

Alma sigue sorprendida de lo que ocurrió y de su propio comportamiento. Pero lo más extraordinario de la escena, es el rostro de Elizabeth mientras oye. Al principio ella aparece en su cama, contra un muro oscuro sobre el que da la luz de una lámpara de velador. (La película es en blanco y negro). Está en su camisa de dormir blanca, fumando y mirando estática a Alma que le habla desde el sillón. Cuando llegan los muchachos desconocidos y se desata esa sexualidad inesperada, la cámara se acerca a Elizabeth y observamos sus ojos observando con una atención fría, disecando a Alma, y están también sus labios llenos, humanos, hechos para besar. La instrucción que Bergman le dio a Liv Ullmann fue "concentrar toda su sensibilidad en los labios... en ese punto preciso de su rostro". A medida que Alma avanza en su narración, el rostro de Elizabeth se va agrandando. Hay un momento en que la mano con el cigarrillo cubre esa boca sedienta. Es un gesto de protección, una forma de pudor que nos da una pausa.

Más adelante, el perfil de Liv Ullmann llena la pantalla. La luz, pareciera esculpir ese rostro en piedra. La frente, el ojo derecho, el borde de la nariz, el contorno de los labios están cincelados. Es un rostro rígido, inhibido y, sin embargo, profundamente atraído y conmovido por lo que oye. No es sólo lo que presencia en Alma. La revelación es interior, es un reconocimiento. Ella sigue inmóvil, las largas pestañas detenidas, los ojos brillantes sorbiendo a Alma, a ella y a su desconcertante relato, y están sus labios gruesos, expectantes, a punto de vacilar y abrirse. Algo la está transformando por dentro, pero se contiene.

Sólo cuando Alma le cuente que ese día quedó embarazada y después se hizo un aborto y rompa a llorar, Elizabeth le acariciará el pelo y sonreirá con ternura.

El teatro, por la distancia, no puede mostrar cómo escucha un rostro. La pintura, la fotografía no se dan en movimiento y, por consiguiente, no capturan su elocuente ausencia. Las palabras darían brochazos demasiado gruesos sin lograr jamás la definición de esta escena. Bergman dijo que su intención, en Persona, había sido hacer "un poema, no con palabras, sino con imágenes". Lo que hizo fue cine en su forma más pura y plena. Y lo volvió a hacer muchísimas veces. A menudo, filmando con detenimiento lo que le ocurre al que escucha, por ejemplo, en Escenas de la vida conyugal, una de sus mejores obras.

En la historia de un género artístico, de cualquiera de ellos, muy de tarde en tarde se da un Ingmar Bergman. El lunes murió un gigante.


El Mercurio, domingo 5 de agosto de 2007

Foto: http://www.portaldearte.cl/img/age/La-Flauta.jpg
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